La conversación pública sobre sexualidad se mueve entre dos extremos igual de inútiles: el pánico que lo patologiza todo y el relativismo que responde «si es consensuado, no hay nada que discutir». Ninguno ayuda a decidir bien.
Este libro propone otra pregunta. No qué está permitido, sino qué condiciones hacen que una decisión sea practicable. Porque el margen para decir que no, cambiar de opinión y marcharse sin castigo desproporcionado no es una cuestión de actitud: depende de vivienda, dinero, tiempo, red de apoyo, papeles y credibilidad social.
Y hay algo nuevo. El consentimiento ya no termina cuando termina el encuentro: alcanza al rastro. A qué queda, dónde, en manos de quién y con qué posibilidad de copia o manipulación. Es la ampliación más reciente del concepto y la que menos vocabulario tiene todavía.